Y no hay amor más puro y sincero, que el que se siente por
una madre. No hay mayor complicidad, una sensación casi imposible de describir.
Saber que estarás ahí, siempre a pie del cañón, sin fallar,
a pesar de cualquier contratiempo; saber que darás todo por mí, que no te irás
de mi lado, y que siempre te mantendrás fuerte; saber que siempre me apoyarás,
que me ayudarás a no caer, o a levantarme cuando no me sostenga.
Y es que no existe sensación más placentera que la de
sentirte querido, y querer. Por ello puedo decir que me siento afortunada, pues
sin duda, quien tiene una madre, tiene una fortuna. Sembraste en mí todo lo que
siempre quisiste ser, y espero, a día de hoy, no haberte decepcionado. Yo, en
cambio, me siento plenamente orgullosa de ti. De hecho puedo decir que no
existe mejor madre que tú.
Recuerdo todo lo que
me diste, y reconozco que nunca te lo he agradecido, pero es que cuando miras
al pasado, es imposible no recordar todo aquello que te hizo plenamente feliz.
Y es ahí, precisamente, donde apareces tú. Mis recuerdos más felices llevan tu
nombre. Imágenes que inundan mi mente de felicidad y que, sin duda, ocupan gran
parte de mi corazón.
Qué suerte la mía, y sí, hoy sí que puedo hablar de suerte,
aunque sabes que no creo lo suficiente en ella. Suerte de tenerte, y suerte de vivir,
a tu lado, por supuesto, porque siempre que necesito una mano, tú me tiendes
tres. Y es que no hay mejor lugar, que junto a ti, mamá.
Hoy debo darte las gracias. Gracias, sobre todo, por hacer
de mí lo que hoy soy. Por haber dado lo mejor de ti, para reproducir tus
valores en mí. Por hacer de mi vida algo único y maravilloso día a día. Por
creer en mí, y por saber que, haga lo que haga, y pase lo que pase, podré contar contigo. Gracias de corazón, gracias
por ser mi madre.
Y aunque no te lo diga muy a menudo (no todo lo que
realmente debería), te quiero mucho, mamá.

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