Érase una vez un chico llamado Agustín, que vivía en un
pequeño pueblo en el que todos se conocían. Había diferentes grupos de amigos,
pero él no encajaba en ninguno, o más bien no le dejaban encajar, ya que era de
nacionalidad africana y el resto de los jóvenes no le aceptaban simplemente por
“ser de color”.
Agustín era muy inseguro, y ello también contribuía a que
pasara totalmente desapercibido entre sus compañeros, por lo que le resultaba
muy difícil hacerse notar y que los demás mostraran un mínimo de interés por
él. Llegando las fiestas de Carnaval, se le ocurrió una idea para intentar
sociabilizarse con sus compañeros y conseguir algún amigo, pues en España se
sentía muy sólo. Decidió salir con un traje que cubriera todo su cuerpo,
tapando su cabeza con un gorro y su cara con una máscara, por lo que sería
irreconocible. Al salir, imitó todo aquello que sus compañeros hacían,
integrándose de tal manera, que nadie logró identificarle. Al cabo de un rato,
una chica que iba vestida de india se le acercó, él le dio un nombre falso, y
estuvieron hablando durante toda la noche. Coincidieron bastante en cuanto a
sus gustos y aficiones, ya que a los dos les gustaba el Rock y amaban los
animales. Agustín deseaba que es noche nunca acabara, ya que nunca se había
encontrado tan a gusto ni tan seguro de sí mismo. Cuando decidieron irse a
casa, la chica le pidió su número para hablar y poder verse algún día. Agustín
tenía miedo de ser rechazado cuando ella descubriera su verdadera identidad,
pero decidió dárselo. Al día siguiente, la chica buscó su contacto para
hablarle, y al ver su foto de perfil, quedó totalmente asombrada. No sabía qué
hacer, tenía miedo de que sus amigos la juzgasen por ello, pero sentía la
necesidad de volver a verlo, ya que estaba empezando a sentir algo por él. Tras
un largo rato, decidió hablarle. Esa misma tarde quedaron y pasaron un rato
estupendo charlando, incluso se besaron. La chica estaba asustada, ya que nunca
había sentido algo así por nadie, y temía perder a sus amigos si les contaba lo
que sentía por una persona de distinta nacionalidad. Pero no podía ocultarlo,
quería seguir viéndose con Agustín, y no quería hacerlo a escondidas, sentía
que el color de su piel no le hacía ser diferente, y que era demasiado especial
como para dejarle ir. Finalmente decidió reunir a sus amigos y a Agustín sin
que ellos lo supieran. Les contó todo lo que sentía, e intentó explicarles que
todos somos iguales, que lo exterior es indiferente. Al principio todos
quedaron extrañados y no sabían cómo reaccionar, pensaron incluso que era una
broma, pero poco a poco fueron aceptando la realidad, y comprendieron que todos
tenemos los mismos derechos, a pesar de ser de diferente etnia o nacionalidad.
Finalmente, Agustín consiguió integrarse en el grupo de
amigos de la chica, y ahora son novios. Ha logrado ganarse la confianza de
todos los chicos del grupo, y los fines de semana quedan para ir a cenar y
tomar algo. Ahora se siente feliz, confía en sí mismo, y está muy cómodo con
sus amigos y con su novia, ha conseguido ser él mismo sin ayuda de ninguna
máscara.
La moraleja de todo esto, es que debemos tener la abierta. En
todos y cada uno de nosotros deben residir una serie de valores que nos impidan
diferenciar entre unas personas y otras simplemente por su color de piel o por la
etnia a la que pertenezcan, ya que todos somos iguales, tenemos las mismas oportunidades, y, por supuesto, los mismos derechos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario